Cante y jazz: entrevista a Antonio Lizana

Era viernes por la tarde. Se olía en el ambiente la alegría del fin de semana; puede que las fiestas del Dos de Mayo tuvieran algo que ver. Precisamente, Chueca parecía más alegre de lo normal. En mis manos tuve el gustazo de entrevistar, dentro del marco del Festimad (XXII edición), a Antonio Lizana.

Andrés Eloy Sánchez Fernández (@andybluenoise)

Nacido en San Fernando (Cádiz, 1984), de manos de este hombre y sus músicos surge un matrimonio bastante curioso entre el flamenco y el jazz, con un cante que se descontextualiza y se imprime sobre bases más jazzísticas o contemporáneas, pero también un saxo cuyo ritmo se escurre hacia esquemas más tradicionales.

La pasión por la música tiene su punto de partida en la colección de vinilos de su padre, apalancados durante muchos años antes de que Antonio les pusiera las manos encima: “Era música de los 60’s, 70’s: Deep Purple, Led Zeppelin, King Crimson, y así. Con 8 años, me volví loco escuchando todo esto; ‘Smoke on the Water’ marcó el antes y el después”.

El recorrido de la academia a los escenarios fue inmediato, casi paralelo: partiendo del conservatorio de San Fernando a los 10 años, con 13 se unió a un grupo de versiones de Dire Straits, y ya a los 14 empezó a tocar con una academia de baile. “Ahí fue realmente cuando se disparó la cosa, hacía muchas actuaciones según la época”.

Esas influencias iniciales han ido cambiando con los años. A los 14, abandonó el rock y entró de lleno en el flamenco: Jorge Pardo, el Sexteto de Paco de Lucía y, como mayor pilar, Camarón de la Isla. De ahí, saltó a sus estudios de jazz, donde la influencia del saxofonista norteamericano Kenny Garrett fue troncal, y desde entonces, ha convertido el jazz y el flamenco en sus raíces principales, mezclándolas también con influencias latinas (samba, reggae, bossa nova) y orientales (persa, árabe).

Sobre casar esas dos raíces principales, aparentemente dispares, cuenta que se da de una manera natural. “Yo me crié en un sitio donde el flamenco era la música popular, pero como yo tocaba el saxo en grupos de flamenco, quería improvisar jazz sin soltar mis raíces. Total, que me he hecho un traje a medida”. Aunque sus andanzas las componen dos discos oficiales a su nombre, De viento (2011) y Quimeras al mar (2015), su lista de colaboraciones es bastante amplia, y sus galardones unos cuantos, contando incluso con un Grammy al Mejor Álbum de Jazz Latino por su trabajo junto a Arturo O’Farrill y la Afro Latin Jazz Orchestra (The Offense of the Drum, 2015).

Ésta última es su experiencia más llamativa, e incluso estuvo a punto de irse a vivir a Nueva York por lo bien que le trató la Gran Manzana. “No te imaginas los círculos de jazz, la cantidad de músicos, los mejores del mundo y de casi todos los estilos musicales… Pero muy pocos de flamenco. Los buenos, como no tienen necesidad, no se van a ningún lado”. Para él, el flamenco nace en un ambiente muy concreto, en gente muy apegada a sus raíces; es un idioma, igual que el jazz, y una vez se le coge el gusto, no se suelta. Pero plantar semillas y empezar de cero en otro lugar no es lo suyo, así que prefirió dedicarse a seguir cultivando el trabajo de estos últimos años en España, aunque no descarta ese sueño para vivirlo una temporada.

Ahora, al momento de subirse al escenario, dentro o fuera de su tierra, nunca se siente nervioso: “Existe un punto de responsabilidad, porque la gente ha pagado por venir a verte y escucharte, pero es sólo eso. El objetivo es disfrutar tú mismo, y hacer que la gente lo disfrute aún más, que eso da mucha más energía”.

En todas sus presentaciones, el perfil del público depende de muchas cosas. Si hablamos del ámbito de clubes y festivales de jazz, estamos ante una media de entre 40 y 50 años. “Pero tocamos en todo tipo de eventos, y encontramos todo tipo de gente, que al fin y al cabo, la música es para todos”. Entre risas y un trago a su caña, su división de público está entre “educados” y “maleducados”, aquellos que contribuyen a noches magníficas y los que rompen la magia dando voces y robando protagonismo.

El músico afirma que el grueso de estos públicos para los que toca, suelen ser bastante “culturetas”. Sin embargo, al ser una música de creación, cuenta que la gente recibe con mucho gusto cualquier cambio, desde un swing hasta una improvisación de free jazz. “Y no lo digo como algo peyorativo, sino como algo particular y de agradecer”.

Sobre el mundo del jazz, lo define como un mundo en el que predomina el amor al arte por excelencia, un credo que comparten desde músicos a organizadores de festivales. Curiosamente, ante este sentimiento, el ámbito del jazz no está totalmente afectado por las legislaciones gubernamentales en torno a la cultura: “Hablamos de un ambiente con un movimiento ‘insignificante’ para el gobierno, en el que grandes y pequeños músicos tocan en los espacios más reducidos e íntimos”. Sin ser filósofo, y gracias a todos sus viajes y experiencias, cree que el meollo de la cuestión política es saber defender la cultura autóctona, con uñas y dientes, ante una globalización que pretende uniformizar todos los territorios.

Como ya se hacía tarde para la prueba de sonido, nos dirigimos al Bogui Jazz, donde tocaba aquella noche. Por cuestiones ajenas, no fue posible asistir al concierto, pero sí que fue posible escuchar un poco de la prueba de sonido… Y qué bien que sonaba esa voz con arte, apoyándose en las notas de un saxo juguetón. Aquí una muestra de un joven talento que se hace sentir a través de vista, oído y alma.

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