La última calle de Linda

Los ojos de color negro noche, la noche que le daba de comer, el pelo corto para que no se le enreden mucho los recuerdos, los labios gruesos para que no se le escapen las palabras, tacones bajos y piernas firmes para pisar fuerte y enterrar bajo el suelo su pasado. Linda se remienda un agujero de la camisa con la destreza de un sastre, termina el ritual de maquillaje que sigue desde hace ocho años y se prepara para salir a las calles de Madrid por última vez.

Se emociona al contarnos que ha conseguido por fin trabajo en su país, Ecuador, como camarera de un bar que acaba de abrir un amigo de toda la vida. Ésta es la última noche que sale a buscarse la vida en España, porque en una semana cogerá un vuelo que le llevará de vuelta con sus hijas y su madre, que ya han preparado su habitación para darle una buena bienvenida.

Linda vive en un piso con Gisela y Flor, sus compañeras de “trabajo, piso y vida” como nos cuenta. Las tres se cubren las espaldas en la profesión más antigua del mundo, se turnan para usar las habitaciones del piso durante los servicios y se cuidan y se consuelan cuando la marihuana y el ron barato se acaban.

Se cuidan y se consuelan cuando la

 marihuana y el ron barato se acaban

Gisela es saharaui, vino engañada a España con su hijo, pero se dio cuenta rápidamente de que el país de los sueños era en realidad un lugar al que nunca debería haber venido. Cuenta con cierto esfuerzo que vino para asegurarle un futuro a su hijo y prácticamente sin saber nada del español. “No papeles” “comer” y “por favor” fueron las primeras palabras que le enseñó la lengua de Cervantes, y de cómo se vio obligada a entregar a su hijo a un hogar de acogida prefiere ni hablar. Llegó a Madrid donde conoció a Flor, una prostituta que dice estar en el oficio por gusto, pero cuya voz rasgada, nariz seca y agujeros en los brazos nos cuentan una historia verdaderamente distinta. “El crack y la heroína la van a matar”, confiesa Linda en voz baja “además, ya no consigue clientes tan fácilmente como cuando nos conocimos”.

Linda sale por última vez a la calle Montera con la falda corta y los tacones puestos en pleno noviembre madrileño. Ha quedado con dos clientes habituales y nos pide que nos mantengamos a cierta distancia. Se saludan como amigos de toda la vida y hablan con naturalidad ensayada y con una sonrisa de fotografía, igual de falsa que la aparente situación. Los años han hecho de Linda una auténtica actriz, aunque ella sabe que nunca ganará un premio por sus interpretaciones. El disfraz de amistad del principio dura hasta que  Linda se aleja sonriendo por fuera, con la mano de uno por delante y la del otro por detrás.

Linda, Gisela y Flor tuvieron suerte de no ser atrapadas en las decenas de mafias que controlan la prostitución en nuestro país, el segundo negocio ilegal más lucrativo de España, solo por detrás de las armas y superando al narcotráfico. 50 millones de euros son los que se mueven en un solo día en el negocio de la prostitución, sin contar los restantes millones que se embolsan periódicos con los anuncios de ‘contactos’.

Tras una hora y media, Linda vuelve sola, pero feliz. Sabe que ha sido la última vez en su vida en la que tendrá que tener sexo para vivir. Confiesa que ya no siente nada, ni siquiera miedo o asco, que cuando sale de casa ya no lleva en el bolso un “espray de esos de los ojos” porque ya no lo necesita. Muy seria y con la voz firme asegura que jamás contará nada de esto a sus hijas: “ellas creen que aquí trabajo en una panadería y que vivo en un piso muy bonito. Les mandé unas fotos de uno que había visto en una revista que dejaron en mi buzón, no quiero que sepan nunca las cosas que he hecho para vivir”.

La vergüenza ha sido el sicario que asesinó su ilusión por volver cuanto antes a su país, pero le ha ganado la guerra a las camas ajenas, a los insultos, a las burlas y a los preservativos que compraba en los andenes del Metro.

La vergüenza ha sido el sicario que asesinó

 la ilusión por volver cuanto antes a su país

España es el paraíso europeo del sexo, situándose a la cabeza de toda la Unión Europea en consumición de prostitución, con casi un 40% de ciudadanos que ha pagado por sexo alguna vez en su vida.

“Lo peor son las miradas. Ver cómo la gente te mira y te juzga, que un grupo de niñatos te llame puta a la cara mientras se ríe de ti. Las lágrimas… odio llorar, odio llorar y hubo un tiempo en el que lloraba incluso cuando estaba en medio de algún servicio. Perdí clientes, comía gracias a Flor y de vez en cuando gracias al comedor social porque me avergonzaba tener que pedirle de nuevo un plato de lentejas a mi amiga después de haberlo estado haciendo durante 4 días seguidos”.

En España la prostitución no es ni legal ni ilegal, sino alegal: no es delito pero no está regulado. Únicamente se establecen penas para los proxenetas según el Código Penal. No obstante Madrid ha aprobado recientemente una ordenanza que entrará en vigor en 2014 que establece multas de hasta 3.000 euros a las personas que soliciten servicios sexuales en la calle.

Flor sabe de primera mano que hay ciudades que multan a las prostitutas, como Barcelona, donde trabajó antes de trasladarse a la capital. “Estuvieron a punto de pillarme unos mosos, pero una compañera tuvo que hacer unos cursillos y estuvo una noche en el calabozo cuando la pillaron. Es una gilipollez, hasta los políticos se van de putas, lo sabe todo el mundo. No entiendo por qué no lo regulan de una vez, esto va a haberlo siempre, así que mejor será para ellos que lo regulen y que al menos podamos contribuir a la Seguridad Social para tener aunque sea una jubilación o algo”.

“Hasta los políticos se van de putas,

lo sabe todo el mundo”

 

Representantes del PP declinaron nuestra invitación para ser entrevistados sobre este tema. La portavoz del Colectivo Hetaira en defensa de los derechos de las trabajadoras del sexo, Cristina Garaizabal, coincide con Flor: “Estas ordenanzas solo tapan el problema sin resolverlo, además, así se incrementa la clandestinidad y empeoran las condiciones de las prostitutas”.

Sin embargo estas ordenanzas han sido aplaudidas por los comerciantes, quienes aseguran que mejorarán sus ventas y la imagen que los turistas, sus principales clientes, se llevan de Madrid.

A Linda todo eso ya le da igual, sonríe de oreja a oreja mientras nos cuenta las ganas que tiene de volver a ver a sus hijas y de probar de nuevo un buen ceviche, un plato típico de Ecuador. “Lo que más pena me va a dar va a ser dejar a las chicas aquí, Flor sé que lo va a pasar mal… Gisela es más fuerte y después de todo lo que ha pasado, creo que no le costará mucho”, confiesa mientras mira una foto de su madre.

Madrid le huele a vino Don Simón, a pis y a marihuana, esos son los olores que se llevará en la memoria de una ciudad que pocos están acostumbrados a oler así. De los barquillos, los bocatas de calamares y el chocolate de San Ginés, Linda apenas ha oído hablar.

Durante dos años, Linda se volvió adicta a la cocaína “Todo lo que ganaba acababa yéndose por la borda. La coca me lo quitó todo, mi antiguo piso, mis joyas… vendí hasta mi ropa por un par de gramos, lo recuerdo perfectamente. Me la pasaba un cliente a cambio de que le hiciera cosas de las que no quiero ni acordarme, en este mundo se ve de todo. La primera vez lloras, la segunda también, pero a la séptima ya controlas la situación, aunque la verdad es que una nunca acaba de acostumbrarse a esto”.

“La coca me lo quitó todo

vendí hasta mi ropa por un par de gramos”

Linda dejó la droga gracias a Cruz Roja, a quienes visita de vez en cuando para pedirles unos preservativos. De los cortes verticales en sus muñecas prefiere no hablar mucho, pero asegura que fueron un punto de inflexión en todo: “Estaba tan cegada por la cocaína y tan deprimida por todo que no sabía cómo escapar, así que supongo que hice lo más fácil… Pero cuando salí le prometí a Dios que iba a luchar hasta que volviera a ver a mis hijas y que iba a dejar los polvos (cocaína) a partir de ese momento”.

Linda vive despierta, el lujo de soñar es solo para los que pueden permitírselo, ella cierra los ojos solo cuando realmente lo necesita, porque la noche le ha enseñado a tenerlos bien abiertos. Ha aprendido que todas las personas tienen un precio y que, por desgracia, el suyo hace mucho tiempo que no pasa de los 20 euros la hora. Ha aprendido a valorarse, a quererse porque sabía que nadie más lo iba a hacer, a respetarse, a conocerse. A mirarse al espejo y verse íntegra a pesar de todo, a verse mujer, a verse capaz, a verse invencible, a verse guapa, a verse, a pesar de todo… linda.

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